Málaga. El Cerro del Villar. La vida a través de sus vestigios
Se han cumplido 40 años del hallazgo del yacimiento fenicio y queda casi un 90 por ciento por descubrir.
Poca difusión. Muchos malagueños desconocen aún la importancia de los restos que se encontraron en las catas, que demuestran que los pobladores de hace 2.800 años seguían ritos religiosos y tenían una industria textil y pesquera fuerte
Un fragmento de cerámica provocó que el joven arqueólogo Juan Manuel Muñoz Gambero convirtiera un cañaveral en lo que hoy es uno de los yacimientos fenicios más importantes del Mediterráneo occidental. Fue el 20 de diciembre de 1965 y los terrenos de la azucarera Larios en la desembocadura del río Guadalhorce pasaron a ser el Cerro del Villar. Hace un mes se cumplieron 40 años del descubrimiento y aún queda mucho por conocer de un enclave del que tan sólo se ha excavado el 10 por ciento de su superficie estimada. La catedrática de Arqueología de la Universidad Pompeu y Fabra de Barcelona María Eugenia Aubet es responsable de la investigación desde 1986. Sin embargo, no se realizan trabajos de campo desde 2003, a pesar de que instituciones como el Ayuntamiento de Málaga y la Junta plantearon ya hace años crear un parque arqueológico apto para la visita. Cuatro décadas después, muchos malagueños aún no conocen la importancia de las piezas que Muñoz Gambero encontró, pero son claves para conocer desde la religión y los ritos hasta la forma de vida y las actividades productivas de los primeros colonizadores de la provincia.
Piezas como la diosa Tanit, el dios Bes y el tapón de una jarra ritual representan, según Muñoz Gambero, la religiosidad de los semitas. El comercio está representado por la boca de ánfora con la proa de un barco y la industria, por la pesa del telar. “Este asentamiento tenía una industria basada en la pesca y en el textil”, comenta el arqueólogo. “En cuanto al comercio, exportaban minerales como el cobre, la plata y el oro, la mica, el cuarzo y el feldespato”, dice el experto, además de los productos extraídos de las salazones de pescado, como el garum. Además, en este enclave se capturaba el murex, un molusco con el que se hacía la púrpura para teñir tejidos y que aparecieron en gran cantidad en las excavaciones y en la superficie.
“Cuando descubrí aquello, el capataz de la finca que pertenecía a Carlos La Mothe y Salvador de Almansa nos dijo que conocían de 12 a 14 piletas o albercas y una docena de hornos que habían sido destruidos”, subraya Muñoz Gambero. “Esto denota la gran importancia de la industria salazonera del Cerro del Villar”. Además, según el arqueólogo, la pesca no sólo es un recurso económico sino también de subsistencia.
Los estudios de este experto también destacan que el fenicio era un pueblo eminentemente religioso “y rendía culto en ritos muy particulares”. Se descubrieron pequeñas capillas y se sospecha, aunque las excavaciones no lo han confirmado, que existió un templo fenicio y una necrópolis en lo que hoy es el barrio de San Julián. “Eran bastante respetuosos con este mundo espiritual”, asegura el descubridor del yacimiento.
Pero los habitantes del Cerro del Villar de hace unos ocho siglos, no eran una comunidad cerrada. Realizaban intercambios con el mundo indígena. “Hay manifestaciones de ese entorno en ollas y platos muy toscas procedentes de ese residuo de la etapa llamada Bronce final ibérica”, mantiene el arqueólogo. De los intercambios con el Mediterráneo oriental y central, también quedaron huellas como el anillo escarabeo basculante en el que está representado el dios Anubis. Es una reproducción fenicia pero para realizarla, tenían que tener cerca la influencia egipcia. Además, en las primeras campañas de excavación que hizo Muñoz Gambero se encontraron también cerámicas etruscas y vajillas griegas del Egeo.
En superficie aparecieron miles de piezas, se recogieron cajas y cajas, la mayoría de las cuales se guardan hoy en la Sección de Arqueología del Museo de Málaga. “En aquel entonces, hablar de ciudad fenicia era un pecado incluso para la arqueología oficial”, comenta el experto, y añade que “el Gobierno Civil nos prohibió hacer manifestaciones acerca de que habíamos descubierto la ciudad fenicia de Malaka”, sostiene Muñoz Gambero. Sin embargo, tuvieron vía libre para excavar y montaron uno de los primeros campamentos arqueológicos de España, con laboratorio de química incluido. En estas catas encontraron dos pequeños crisoles y averiguaron que en uno de ellos se había fundido bronce y plata. Eso les dio una idea de que la industria de la orfebrería debió de tener consistencia.
Estos trabajos sobre el terreno (estuvieron un mes de excavación) también demostraron que la zona había sido afectada por tres grandes inundaciones, “había capas arcillosas y se habían afectado las estructuras. En algunas habitaciones quedaron petrificadas ramas y materiales que lleva la riada, detalles que ayudaron a engrandecer la investigación”, recuerda el arqueólogo. En el último estrato, en la parte más cercana a la superficie, apareció la última pieza que atestigua según los técnicos el abandono definitivo de la ciudad hacia el año 500 antes de Cristo. El material era un plato pescatero de barniz rojo, que pertenecía a una vajilla de lujo. A partir de esa pieza, ya no se encontraron más restos en el enclave. La población desaparece.
“Es posible que con la ciudad ya abandonada se utilizaran algunos hornos que permanecen operativos hasta el siglo II antes de Cristo”, señala Muñoz Gambero. “La zona se sigue utilizando, aunque a menor escala, porque a extramuros de la ciudad se encontraron termas romanas del siglo I después de Cristo, aunque ya no se habita porque eran conscientes del peligro de las inundaciones cíclicas”, añade.
Este arqueólogo asegura que por parte del Gobierno Central y Autonómico el yacimiento se abandona hasta que no se invitó a investigar a la profesora María Eugenia Aubet. “Se ha agredido. Hasta se concedió licencia para la extracción de agua y cuando las máquinas hicieron la canalización se llevaron casas, hornos y de todo”, denuncia el descubridor del Cerro del Villar. Además, parte del terreno fue enterrado por la mota de tierra que se ha hecho para que el Guadalhorce no se desborde.
Pero ésta no ha sido la única pega. En estas cuatro décadas, el yacimiento ha tenido muy poca difusión y “a este ritmo de excavaciones ni mis nietos van a poder verlo, una ciudad fenicia descubierta como en Ampurias”, dice Gambero, que considera necesario que se articulen varios equipos de investigación en torno a lo que se considera como la ciudad fenicia más importante del occidente mediterráneo. En 2004, el Ayuntamiento, Cervezas San Miguel y Fundación Málaga firmaron un acuerdo que ya ha dado como fruto una página web (http://www.cerrodelvillar.com) y un cuaderno escolar.
Fuente: CRISTINA FERNÁNDEZ / Málaga Hoy, Enero 2006
Enlace: http://www.diariomalagahoy.com/diariomalagahoy/articulo.asp?idart=2354202&idcat=2841
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Ubicación
El yacimiento del “Cerro del Villar” fue uno de los centros coloniales fenicios más importantes del litoral andaluz. Su fundación tuvo lugar a mediados del siglo VIII a. C., y debido a las inundaciones que sufría, fue abandonado hacia el año 570, trasladándose su población a la bahía de Málaga, donde fundaron “Malaka”, término del que deriva el actual “Málaga”.
Este yacimiento, que fue declarado Bien de Interés Cultural según decreto de la Junta de Andalucía de 1998, fue descubierto en 1965 por el arqueólogo malagueño Juan Manuel Muñoz Gambero, y es uno de los asentamientos más destacados de la cuenca mediterránea.
Este yacimiento es la primera ocupación de los fenicios en la costa occidental malagueña. Está situado muy cerca de la capital de Málaga, a unos 8 kms. aproximadamente, pudiendo considerarse el germen de la “Fundación de Malaka”.
Cronología
El pueblo fenicio se asentó en la desembocadura del Guadalhorce en el siglo VIII, durando su ocupación hasta comienzos del siglo VI a. C. Su abandono vino motivado por las devastadoras inundaciones derivadas tanto de su carácter insular y de una ubicación cercana a un cauce fluvial como de la progresiva colmatación aluvial del primitivo estuario, consecuencia de una explotación forestal, dirigida al abastecimiento de madera para la construcción naval y de su uso como material de combustión en los hornos alfareros.
Según indican los estudiosos, en el siglo V a.C. volverá a ser de nuevo ocupado para desarrollar actividades económicas, como la producción cerámica, pero no volverá a conocer un asentamiento estable de población.
Recursos económicos
El “Cerro del Villar” gozaba de unas condiciones estratégicas que lo convertían en un punto vital dentro de las rutas comerciales marítimas de la civilización fenicia. Además, este asentamiento se encontraba ubicado en la desembocadura del Guadalhorce, excepcional vía de comunicación terrestre con los poblados indígenas situados en el entorno cercano y con comunidades ubicadas en zonas más distantes, como pueden ser las comarcas de Ronda y Antequera o áreas del interior de Andalucía, como la vega granadina y el Valle del Guadalquivir.
La zona del curso bajo del Guadalhorce brindaba unas condiciones óptimas para la práctica de una agricultura intensiva de regadío, propiciada por la abundancia de agua y la fertilidad de los limos acumulados. Los principales cultivos eran los cereales, como la cebada y el trigo, la vid y el olivo.
Estas condiciones óptimas para la producción agrícola benefició el nacimiento de una producción excedentaria que se comercializaría.
Las posibilidades agrícolas de la zona se complementaban con la práctica de otras actividades como la pesca y el marisqueo, y la explotación ganadera.
Producción de cerámica
La producción cerámica en el “Cerro del Villar” ocupó un lugar prioritario como demuestra la existencia de un taller de alfarería de principios del siglo VI a. C.: un gran edificio rectangular de unos 13 metros de longitud, y con una división bipartita y uso de su zona exterior.
Esta actividad contaba además con una abundancia de materia prima para su elaboración: las arcillas terciarias del valle del Guadalhorce y riqueza de agua.
Las piezas cerámicas más producidas eran las ánforas y los pithoi, recipientes de gran tamaño que tenían función de almacenaje de distintos productos destinados al comercio marítimo, como los cereales, el vino y aceite. Este aspecto pone de manifiesto el peso que tuvo la actividad comercial en esta ciudad fenicia.
Urbanismo
Las campañas arqueológicas ejecutadas en el yacimiento del “Cerro del Villar” han puesto de manifiesto la existencia de distintas viviendas, entre las que sobresale la planta completa de una casa de grandes proporciones de perímetro rectangular de finales del siglo VII a. C.
Las viviendas se construyeron sobre bases de piedra y muros de adobe, y se dividían en habitaciones de base rectangular organizadas en torno a un patio central.
Otro elemento característico del urbanismo del asentamiento del “Cerro del Villar” es la existencia en su zona central de una vía de unos 5 metros de ancho que poseyó un carácter comercial, como apunta la aparición en sus laterales de habitáculos cubiertos y abiertos a dicha calle, que responden a establecimientos dedicados al intercambio de productos y mercancías.
También hay constancia de una necrópolis de incineración, conocida como Cortijo de Montañez, datada en el siglo VI a. C., que situaría en los terrenos donde actualmente se encuentra el Polígono Industrial Villarrosa.
Relación con la población indígena
La consolidación de un asentamiento fenicio tenía en unas relaciones cordiales y fluidas con la población autóctona un pilar de primer orden, principalmente con la clase dirigente, que permitía el aprovechamiento de los recursos económicos de la zona. Por tanto, la élite indígena conoció un afianzamiento dentro de la estructura social autóctona, siendo usuales los intercambios de regalos de lujo, como la orfebrería de oro.
Los intercambios comerciales fueron la base de las relaciones con los asentamientos indígenas, generando una reactivación de la economía de la zona colonizada, teniendo en los metales y los productos agrícolas los elementos más demandados. Por su parte, los fenicios nutrirían estos intercambios con vino, aceite, púrpura y productos de pesca, como la salsa garum.
Otros ámbitos que conocieron modificaciones fruto de la instalación del pueblo fenicio fue la producción cerámica, debido a la introducción del torno de alfarero, la adopción de nuevos elementos decorativos y aumentando además la variedad tipológica, y el trabajo metalúrgico con la adopción de nuevas técnicas, como el tratamiento del bronce en hueco.
Una de las principales aportaciones de la civilización fenicia fue su sistema de escritura, considerado el “padre” de los alfabetos. Era un sistema de escritura consonántico y estuvo en vigor desde el siglo XI a.C. al siglo III d.C., siendo el sentido de la escritura de derecha a izquierda.
Todo contacto entre pueblos genera un proceso de intercambio cultural mutuo. Está interacción se hace más sólida cuando el grado de consolidación de la población colonizadora se va afianzando, dando lugar a una simbiosis de elementos, como manifiesta, por ejemplo, que en piezas cerámicas se entremezclen motivos decorativos autóctonos y del Mediterráneo Oriental, punto del que procedía el pueblo fenicio.
Fuente: http://www.cerrodelvillar.com/
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